evento 29 Octubre 12:00 am

El cuidado como un derecho humano: una visión desde la experiencia de la Fundación Ignacia

En el Día Internacional de los Cuidados, queremos rendir homenaje a los miles de cuidadores y cuidadoras que, con paciencia, entrega y amor silencioso, sostienen la vida cada día. Su labor es más que un servicio: es un acto de esperanza, un gesto de fe en la dignidad humana. Cada mirada atenta, cada mano que acompaña, cada gesto de ternura, nos recuerda que cuidar es construir humanidad, y que en el cuidado florece lo mejor de nosotros.

En nuestro país, el cuidado ha sido históricamente asumido como una tarea familiar, muchas veces femenina, silenciosa e invisible. Durante años se pensó que cuidar a una persona enferma, mayor o con discapacidad era un deber privado, una expresión de cariño o sacrificio individual. Sin embargo, la experiencia centenaria de la Fundación Ignacia nos recuerda que el cuidado, más que un acto doméstico, es una vocación humana y espiritual: una forma concreta de amar, servir y dignificar la vida.

Cuidar es tocar el misterio de la fragilidad humana y descubrir en ella la presencia divina. Es mirar al otro —niño, anciano o persona con discapacidad— y reconocer su valor sagrado, su derecho a ser acompañado con ternura y respeto. Por eso, cuidar y ser cuidado dignamente no es solo una necesidad social, sino una expresión de justicia, de igualdad y de fe en la vida compartida.

Cuando hablamos del cuidado como derecho, no nos referimos únicamente a la atención física o material. Hablamos de crear las condiciones para vivir con dignidad, autonomía y esperanza. Cuidar también es alimentar el espíritu, ofrecer escucha, sostener la mirada y dar sentido al paso del tiempo. Es acompañar con profesionalismo, pero también con compasión; con técnica, pero sobre todo con corazón.

Desde sus orígenes, la Fundación Ignacia ha sido testimonio de esa visión: una institución que cuida con amor y justicia. En sus programas de nutrición, salud, desarrollo de capacidades y mejora del entorno, se busca no solo atender necesidades, sino restituir la dignidad de cada persona y fortalecer los lazos de comunidad que sostienen la vida.

Reconocer el cuidado como derecho humano es, en el fondo, reconocer el don de la vida como bien común. Es construir una sociedad donde nadie quede solo, donde el cuidado no sea carga ni favor, sino acto de misericordia y compromiso social.

Así, el legado de Doña Ignacia permanece vivo: servir con amor, sí, pero un amor que se traduce en justicia, en organización y en esperanza. Porque cuidar no solo transforma al otro: también nos transforma a nosotros mismos, nos hace más humanos, más hermanos y más conscientes de que toda vida —por frágil que sea— es una vida que merece ser cuidada.


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